“Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (…) para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.” (Jn 17,11.23)
Así rezaba Jesús, deseando que sus discípulos se mantuvieran unidos. Evidentemente, una cosa es lo que Él quiere y otra cosa es lo que sucede.

La división no es tema nuevo. Ya desde los primeros tiempos del cristianismo, fueron surgiendo divisiones. Incluso antes de que la Iglesia existiera como institución visible había gente que expulsaba demonios en nombre de Jesús y que andaba fuera del grupo de los apóstoles (Mc 9,38; Lc 9,49), y aunque en ese minuto no se los reprueba, eso no significa que estemos autorizados a dividirnos ni a pertenecer a cualquier iglesia (volveré sobre ese punto más adelante). En los textos sagrados se mencionan varios casos que los apóstoles reprueban (1Co 1, 12; 1Jn 2, 19; Ap 2,15). En el siglo II las sectas gnósticas hicieron su aparición. En tiempos posteriores, hubo muchas divisiones más, pero especial importancia tuvieron las de Focio y Miguel Cerulario, en Oriente; y Lutero, Calvino, Zwinglio y Enrique VIII en Occidente, que causarían graves estragos en la Iglesia, hasta el día de hoy.
La división tiene múltiples causas, todas se reconducen al pecado, o más bien, la división misma es un pecado, que a su vez fue causado por otro pecado, y que causa más pecados. “Donde hay pecados, allí hay desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay virtud, allí hay unión, de donde resultaba que todos los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma” (Orígenes, hom. in Ezech. 9,1). Estos son cometidos no solo por los que se separan de la plena comunión con la Iglesia, sino que muchas veces son cometidos por los mismos creyentes. ¡Cuántas veces no hemos escuchado decir a alguien “yo antes era católico pero la Iglesia me decepcionó”! Y se salen de la plena comunión con la Iglesia, volviéndose ateos, agnósticos, o se cambian de Iglesia (al menos en este último caso guardan una comunión imperfecta con la Iglesia). Por eso es muy importante que los creyentes se mantengan fieles a las enseñanzas del Evangelio y de la Madre Iglesia, y sobre todo, que mantengan la unidad. Una excesiva fragmentación, como la que se está viendo actualmente puede conducir a un relativismo en que da lo mismo pertenecer o no pertenecer a la Iglesia, o a cualquier otra iglesia. “Todas las iglesias son iguales, da lo mismo estar en cualquiera”. Esto no es cierto, uno como cristiano tiene el deber de pertenecer únicamente a la Iglesia que Cristo fundó: la Iglesia católica*, y a ninguna otra, de lo contrario iremos contra el deseo expreso de Jesús de permanecer en la unidad. No se tome esta afirmación como un "los demás están completamente perdidos" o un "se van a ir al infierno" (¡no es así en lo absoluto!), sino como el deseo de cumplir la voluntad de Dios. (* Nota: en este texto partimos de la base de que esa Iglesia que Jesús fundó subsiste en la Iglesia católica, esto lo desarrollaré en otro artículo).
El que se separa trata de justificar su decisión echándole la culpa a otro por su propia falta. Normalmente acusarán al anterior de desviarse en la fe. Esto termina causando un desorden en las ideas, y más separaciones. Basta con ver a los hermanos separados que se han dividido en miles de iglesias (en Chile hay más de mil; en EEUU la cifra supera los cuarenta mil).
¿Qué hay de no prohibirle a los demás que hagan buenas obras en nombre de Jesús (el texto antes citado)? Ciertamente, en las otras comunidades cristianas también tienen cosas muy buenas. “Muchos elementos de santificación y de verdad existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: La Palabra de Dios escrita, la vida de gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles” (Unitatis Redintegratio 3). Y por supuesto, si hacen una buena obra no hay por qué impedírselo solo porque no se encuentren en plena comunión con la Iglesia, así como los apóstoles no debían impedir que los otros expulsaran demonios en nombre de Jesús. Esto de ningún modo implica una habilitación para que cada cual se ponga a fundar su propia iglesia o para pertenecer a una comunidad separada, recordemos el deseo de Jesús. El cristiano siempre debe aspirar a cumplir la más alta voluntad de Dios, por lo tanto, debe tender a la unidad, es decir, a la plena comunión con la Iglesia católica.
Un comentario de San Agustín para ilustrar mejor el asunto:
"...El hombre que hacía milagros en nombre de Cristo y no era de la compañía de los discípulos, estaba con ellos y no contra ellos en tanto que hacía los milagros, y no estaba con ellos y sí en su contra cuando no se unía a ellos. /Pero como le prohibieron que hiciera aquello por lo cual estaba con ellos, les dijo el Señor: "No hay para qué prohibírselo". Lo que debieron prohibirle fue lo que no era de su compañía, porque así le hubieran exhortado a la unidad de la Iglesia, y no aquélla en que estaba con ellos, a saber, la honra que daba a su Señor y maestro expulsando a los demonios." (San Agustín, de consensu Evangelistarum, 4, 5)
Insisto, como más arriba, para que no se malentienda: no se trata de que alguien se vaya a ir al infierno por no pertenecer plenamente a la Iglesia, sólo Dios decidirá eso. Tampoco se trata de una competencia de iglesias. Debemos tender a la unidad, y el seguir fundando iglesias no ayuda (si uno lo piensa, no debería existir ninguna otra iglesia fuera de la católica, que es la que fundó Cristo).
Si yo tuviera que clasificar las dificultades, las agruparía en dos grandes grupos: las que son de orden doctrinal y las que son de orden moral o ético.
Las que son de orden doctrinal: con esto me refiero a concepciones equivocadas sobre qué es la Iglesia o de la necesidad de pertenecer a ella, y de doctrina en general. Aquí caben las teorías sobre la Iglesia invisible (la iglesia sería puramente la unión de los fieles pero no una institución visible), las teorías de la corrupción de la Iglesia (desviaciones doctrinales, influencias paganas, etc), teorías de restauración de la Iglesia, teorías extravagantes de que Jesús no fundó la Iglesia, y otras. No son dificultades fáciles de superar porque requieren una profundización en las fuentes (los textos sagrados, la Tradición, la Patrística, etc), y sobre todo conocimiento histórico, y lamentablemente muchos no la tienen. Algo que a veces cuesta entender es que esa Iglesia original exista aún hoy y totalmente fiel al Evangelio original, pero eso se debe a la misteriosa y milagrosa protección que Dios le brinda a su Iglesia.
En el caso de los católicos ocurre muchas veces que la falta de lectura nos lleva a desconocer cosas (como el llamado de unidad de Jesús que cité), o la lectura superficial sin atender al magisterio nos confunde y podemos terminar saliéndonos de la Iglesia por no saber leer bien la Biblia. Otras veces son los propios hermanos separados los que terminan convenciendo a un católico de que se salga de la Iglesia (obviamente ninguno tiene conciencia de que está yendo contra la voluntad de Jesús, si no, no lo haría, están en lo que llamaríamos un “error de prohibición”: hacen algo ilícito creyendo que es lícito. Por eso, los nacidos en las comunidades separadas no pueden ser acusados del pecado de separación [Catecismo de la Iglesia católica, 818], porque no tienen conciencia de su pecado. Eso no quita que deban esforzarse en acercarse a la Iglesia católica). Aquí conviene sobre todo tener en mente que la Biblia no se interpreta sola (2Pe 1, 20; 3, 16) el único facultado para hacer una interpretación oficial es el Magisterio de la Iglesia, esto es, los obispos que están en comunión con el obispo de Roma (Catecismo de la Iglesia católica, 85), por lo que si alguien al leer tiene dudas, debe siempre acudir a la interpretación que la propia Iglesia hace de ella, puesto que ella es “columna y baluarte de la verdad” (1 Tim 3,15).
En el caso de los hermanos separados, sencillamente el haberse criado toda la vida en un ambiente protestante ya supone una barrera bastante grande para poder acercarse a la Iglesia y cumplir plenamente con la voluntad de Cristo. Las ideas que ellos tienen acerca de la naturaleza de la Iglesia y de la interpretación de la Biblia (Sola Scriptura, libre interpretación) son los principales obstáculos. De todas maneras no es una barrera infranqueable. Diálogo ecuménico y oración deben ser las actitudes a seguir. Desgraciadamente los propios católicos se muestran más bien indiferentes ante los hermanos separados, teniendo estos un rol más activo. A veces también ocurre que los hermanos separados no quieren escuchar porque ellos dicen ya saber y se obstinan en permanecer separados. Poco se puede hacer sin violentar la libertad de culto. Lo mejor en estos casos es acudir a la oración y mantener la caridad (sabemos que está garantizada dicha libertad, pero nosotros aspiramos a ser mejores que el mínimo que nos impone la ley).
Las dificultades de orden moral: me refiero al mal comportamiento de los miembros de la Iglesia, las decisiones equivocadas de algunos miembros de la jerarquía, o errores del pasado que todavía hoy se recuerdan como pretexto para no ingresar a ella. Aquí conviene recordar la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) que tienen que convivir juntos. Nos gustaría mucho ser perfectos pero como humanos estamos expuestos a cometer errores. Sencillamente es algo inevitable que algunos de sus miembros pequen, especialmente tomando en consideración que la Iglesia es bimilenaria. Cristo no vino por los justos sino por los pecadores. No por esto hay que salirse de la Iglesia. Los mismos apóstoles fallaron varias veces.
Tengamos en cuenta a los grandes santos que en sus respectivos tiempos de dificultad supieron permanecer en comunión con la Iglesia: Francisco de Asis, Tomás Moro, Catalina de Siena, etc. Escribía Santa Catalina “Frailes y canónigos deben ser honrados y espejo de santidad; en cambio ahora están como estafadores, arrojando peste e inmundicia y ejemplo de miseria moral. Con pena, dolor y grande amargura y llanto escribo esto, y por eso, si hablo demasiado, el dolor y el amor me excusen delante de Dios”. Nunca se salió de la Iglesia y hoy es una santa.
No es sencillo. Toda la Iglesia se resiente cuando un hermano cae, así como un golpe en cualquier parte del cuerpo hace que todo él se duela. Pero nadie dijo que sería fácil. “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34). Es tentador salirse de la Iglesia e irse a otra donde todos sean comprometidos y se sienta bien porque nos dicen cosas bonitas. Pero no es una actitud cristiana (Rom 16, 17-18).
También existe el riesgo de pensar que "las religiones y las iglesias no sirven", "no hay que ser religioso sino estudiar y practicar la Palabra de Dios", y otras frases por el estilo. En principio, suena bonito. Pero si confesamos que Jesucristo es un mediador entre los hombres y Dios, entonces aceptamos que a través de Él nos "religamos" con Dios (de ahí viene la palabra religión según algunos estudiosos), por lo tanto sí existe una religión. Y si Jesús fundó una sola Iglesia visible e indestructible (Mt 16, 18) es porque a través de ella accedemos a los sacramentos, medios objetivos de santificación, así que es necesaria (si existe es por algo). Todas aquellas frases que pueden sonar agradables al oído y parecen alivianarnos de tantas cargas no son más que una excusa para dividirse.
Así como Jesús cargó en la cruz con los pecados de todos nosotros, nosotros también tomemos nuestra cruz cargando con los pecados de la Iglesia, y sigamos unidos en esta Iglesia que Cristo fundó y le encargó a los apóstoles, especialmente Pedro, y que se mantiene a través de sus sucesores legítimos, los obispos en comunión con el sucesor de Pedro: la Iglesia católica. Y también invitemos a los hermanos separados a volver a ella (aunque no siempre nos escuchen igual hay que intentarlo), para así tanto nosotros como ellos podamos cumplir plenamente el deseo de Cristo.
Salutem, et Apostolicam benedictionem


Comentarios recientes
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 5 meses
hace 11 meses
hace 11 meses